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jueves, 29 de enero de 2009

Anónimo.

Construías tus acordes en el anonimato de una calle de primavera. Componías tus palabras dictadas por los labios de tu propio origen. Inventabas el ingenio entre la risa de un pequeño mundo.
Anónimo, llenabas el paso cansino de paseantes a ninguna parte. Interrumpías el rumbo indefinido de cuerpos casi pasivos. Volvías las miradas hacia un origen inesperado.
Durante unos minutos, fuiste capaz de llevarme hasta tus voces. Fuiste capaz de perderme en esa realidad inexistente, de olvidar mi materia y de quedarme sólo con tus formas etéreas. Durante unos minutos, me perdí, completamente perdido en el ingenio, en la risa de un pequeño mundo.

viernes, 16 de enero de 2009

Luna

Mis ciclos vitales se alternan sin orden ni regularidad. Paso de la vida a la muerte, de la muerte a la vida sin horario y sin fechas. Dormito en mi ataúd durante semanas y emerjo como una explosión sin previo aviso.
En los períodos de implosión recreo el mundo, yo hago al mundo contra su propia realidad. En la explosión quiero comérmelo, devorarlo,  hacerlo mío de la manera más rápida y drástica posible. Robarlo, secuestrarlo, destruirlo en el torbellino incontrolable de mi propia involuntad.
Por el camino engullo y vomito toda la realidad que me rodea. Engullo y vomito sin orden y sin regularidad, arraso sin compasión a los que me rodean para volver más tarde, quizá a los días, a pedirles auxilio.
En mi última estación viví mi minuto de gloria. A mi alrededor -alrededor de mi tumba de ensoñaciones aplastantes- aplaudían, reían, me observaban y elogiaban mi muerte como si fuera el triunfo de la vida. Extraña sensación entre la naúsea y el deseo, entre lo lejano y lo más íntimo, entre el rechazo y la necesidad. Un minuto eterno que se acabó demasiado pronto. Cuándo aprenderé a superar las contradicciones. Quizá sea imposible.
Mientras iba y venía sólo luna vino a llamar a mi puerta. Siempre ahí a veces diáfana, a veces oculta. Presente desde la modestia y la prudencia, esperando que volviera a la vida.

miércoles, 7 de enero de 2009

Una docena de frases.

Sólo tengo un minuto. Un minuto para expresar mi impotencia, una docena de frases para mostrar mi desesperanza.
Se me escapa de las manos, se me pierde cerrado y oscuro sin dejarme entrar en sus pensamientos. Se me va lejano cuando todavía sin darse cuenta tiende su mano junto a la mía. Me rechaza con su gestos cuando, contra su voluntad, se impulsa apoyado en mi fuerza.
Inventa mil secretos para ocultarse a mis ojos. Esconde sus dudas en el fondo de sus pensamientos, creyendo que para mí son incomprensibles. A cal y canto disfraza sus risas y sus llantos para desconcertar mi ya casi obsesivo afán por encontrarlo.
A medio camino de no se sabe que ruta, quiere salir huyendo; huyendo y perdido. Perdido, indeciso, desorientado. Seguridad insegura, libertad encadenda a miles de sueños: unos  difíciles, otros imposibles.
Lo veo tan débil, lo toco tan frágil, lo escucho tan lejos, lo huelo tan cerca. Todavía tengo el sabor de su piel pidiéndome vientos. Apenas una docena de frases para mostrar mi desesperanza.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Colores.

Todo el mundo sabe que el lunes los colores amanecen más tarde, por eso esta mañana estuve mirando por la ventana esperando que pasara alguien con una pizca de color.
A veces pienso que soy demasiado viejo o demasiado torpe para ver entre la multitud un alguien que en alguna parte de sí mismo, quizá sin saberlo, lleve una pincelada que no sea gris. Quizá en un gesto,  una palabra, un parpadeo, una muestra de proximidad... alguien esboce una pincelada de luz. 
Todo el mundo  sabe que los lunes miro por la ventana y mis ojos sólo traen tonos grises, media docena de tonos grises. Y mientras espero giro y giro buscando un atisbo de rayo que a veces pasa enredado en una frase, en un comentario, en un "hola sé que existes" o en un "que hay, veo por tus ojos". Pero indeciso, inestable, inseguro, miedoso, cobarde... soy incapaz de devolver un "yo también te veo", un "te miro", un "me has hecho sentirme vivo".
Proyecto en mis movimientos crípticos el deseo imposible de que veas como yo me veo, de que me descubras los colores, esos colores que como todo el mundo sabe, los lunes amanecen más tarde.

martes, 16 de diciembre de 2008

Espiral.


Sabía que ascender por una espiral es una de las actividades más duras del ser humano. Sabía que giro tras giro la desesperación era  a veces tan profunda que tras una eternidad de ascensión algunos se dejaban caer por la pendiente hasta lo más íntimo del inicio. Sabía que sólo tras una infinita paciencia y esfuerzo, algunos llegaban al final y que la felicidad era tan sublime que convertían su existencia en un eterno recuerdo de su ascensión. 
Lo sabía. Y por eso no desesperé en la enésima curva, avancé consciente de que tras el siguiente paso vería una nueva rotación; pero que tras otra, otra  y otra me llevaría hasta ti.
Lo que no sabía era que ser humano era el mayor de los fraudes. No sabía que la percepción del mundo no era el mundo. No sabía que la realidad me traicionaba ni que mi mente fabricaba realidades. No sabía que mi ilusión podría llegar a ser alucinación. 
No lo sabía.
Por eso avancé desesperado por la espiral sabiendo que era una de las actividades más duras del ser humano. Giro tras giro vencí la desesperación para no dejarme caer hasta lo más íntimo del inicio. Con una paciencia rescatada de la nada y un esfuerzo robado a lo más divino, no desesperé en la enésima curva porque creía que al final estabas tú.
No sabía que ser humano era el mayor de los fraudes. Tardé toda mi existencia en darme cuenta que la realidad me traicionaba y que esa espiral en la que yo creía avanzar eran en realidad círculos concéntricos. Malditos círculos concéntricos en los que eternamente estuve girando, en los que eternamente estuve comenzando y llegando. Malditos círculos concéntricos aliados de un fondo traidor que frustraron mi existencia.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Persona o personaje.

No sé quién soy. Creía que tras las apariencias existía un algo diferente: que tras la hipocresía, el teatro y una pequeña dosis de buena voluntad quedaba algo más; un más allá más puro, más verdadero. Un más allá que quedaba reservado para los que me querían, para los que no necesitaban ver mis máscaras sino a mí.
Tras el compañero de trabajo, tras el profesional, tras el vecino, incluso tras el amigo... yo creía que permanecía mi yo más cierto.
Ahora no lo sé.
Mi yo más profundo tiene que quedar reprimido. Mis ideas más inciertas, acalladas. Mis deseos, ocultos. Mis dudas, íntimas. Mis emociones, rechazadas.
Yo pensaba que amarse era mostrarse. Será quizá que ya no me aman. Será quizá que ni siquiera me soportan.
Yo creía que al entrar en casa podía dejar fuera todos mis personajes. Pero ahora al entrar tengo que cambiar de papel.
Ya no me queda un lugar donde ser persona. Ya no me queda un hogar donde ser yo. Ya no me queda un resquicio para mostrarme. ¿Sólo soy un personaje?

Llámame cobarde.

Si quieres, llámame cobarde o inmaduro, pero necesito unos brazos sobre los que reposar, sobre los que colocarme sin palabras ni gestos, en la pura contemplación: aceptado, amado, sin preguntas, sin reproches, sin planes. Unas manos que sólo con su roce me llenen de paz, que sólo con su calor liberen mis emociones reprimidas y repriman mis miedos, mi lógica, mis cálculos, mis previsiones.
Necesito reposar sin prisas, amar y sentirme amado, ofuscar mis prejuicios y mis juicios para lanzarme al abismo de lo imprevisible, de lo inesperado. Necesito sentirme vivo, necesito esa vida que no pesa, que no hay que arrastrar; la vida que no se encierra en palabras, que sólo se vive más allá de todos los conceptos.
Necesito unos brazos sobre los que reposar las ilusiones comunes, la ilusión de sentirnos, de vernos, de palparnos; de permanecer siempre unidos sin nada más que nuestra presencia.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Aquí y ahora.

Tengo la mala costumbre de pasa la vida soñando: soñando mundos posibles, posibles sueños de fracasos que me saquen del agujero de la insatisfacción permanente en la que me instalo.
Tengo la mala costumbre de renegar de mi presente, de no responder de mis decisiones y de sufrir día tras día por lo que perdí en no que se puerta que deje cerrada.
Mientras tanto pierdo el aquí y el ahora entre lamentaciones, buscando mundos perdidos, lugares imposibles, retornos imaginarios.
Mientras tanto voy perdiendo lo poco que tengo, mi pequeña vida. Pequeña, fracasada, anodina, insatisfactoria, pero mía.
Al mismo tiempo, os voy perdiendo a todos. Huraño, ensimismado, cerrado sobre mí mismo... voy dejando por el camino todo lo que llevaba puesto: tu amor, tu amistad, tu compresión y tu paciencia.

Encerrado en mi casa

Como en el poema de Benedetti vivo encerrado en mi casa, una casa que he construido para refugiarme del mundo, de la realidad que me condenó a las más terrible de las torturas: matarte pero dejate en vida: percibir, sentir, desear... pero emocionalmente tetrapléjico.No cabe duda. Busco desde entonces que las puertas que dan al mundo tengan un motivo para abrirse y me refugio en los sueños, en los versos, en los poemas. A veces me gustaría vivir en una canción, permanecer para siempre entre los acordes y las letras.Soy un personaje patético que sueña con no soñar, que vive para no vivir, que lucha para no luchar. Mis paranoias me llevan a escribir para que nadie me lea, porque en mi casa -a diferencia de la de Benedetti- no entran huéspedes.
"No cabe duda.
Ésta es mi casa aquí sucedo,
aquí me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.
Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren y tienen pesadillas y ataques de nervios.
No cabe duda.
Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios asan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.
Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas
dan afuera del mundo."
Mario Benedetti